César Jaime Fernández: La perseverancia es su lema Don César Jaime Fernández está convencido de que la constancia y la perseverancia son las herramientas indispensables para quienes logran sus objetivos en la vida. Prueba de ello es que aun cuando no todos estaban convencidos de su posición, a lo largo de su vida se ha caracterizado por defender sus ideales.
Así, estudio por las noches y por las mañanas trabajaba como obrero. “Gracias a su esfuerzo, se graduó de contador. En premio, el italiano le entregó toda su confianza”, rememora tras aclarar que de él aprendió a valorar el trabajo y no preocuparse por gastar el dinero en cosas banales. “En cuarto año de ingeniería hice mis prácticas como supervisor en la mina Huarón y recibía buenas propinas, dinero que malgasté en fiestas y amigos. Al enterarse mi padre, sin reproche de por medio, me dijo: nunca pretendas preocuparte de tus egresos, ocúpate de tus ingresos. A partir de ese momento esas palabras regirían toda mi vida”, añade. De su madre, María Luisa, asegura, “al igual que mis tres hermanos, aprendí a servir al prójimo. Ella siempre nos decía: Dios se ocupará de nuestras necesidades”. Al terminar el colegio, ingresó a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) a la facultad de ingeniería. A diferencia de muchos jóvenes que estudian por vocación, don César reconoce que escogió la especialidad de ingeniería de minas por interés, “el primer año en la universidad son de estudios generales y recién en el segundo año se elige la especialidad; en aquel momento comencé a indagar entre los profesores cuál era la especialidad en la que se ganaba más y llegue a la conclusión de que eran los egresados de ingeniería de minas, por ello la elegí”, nos cuenta entre risas. La decisión tomó por sorpresa a sus amigos y familiares, que desconcertados le decían con frecuencia: “te va dar soroche, tú eres de Lima”. Sin embargo, para sorpresa de todos, nunca sintió los malestares propios de trabajar en altura, “soy un tipo de baja presión”, asegura es la explicación. Afortunadamente la decisión que tomó fue la acertada, pues ya en el campo la minería simplemente lo sedujo, sobre todo –explica– “la sensación de poder extraer de la madre naturaleza la riqueza que lleva adentro para el servicio del prójimo”. Terminó la universidad en octubre de 1950, con muy buenas calificaciones y recomendaciones, ya que fue parte del consejo directivo de la UNI. No pasaron más de 30 días para que consiguiera su primer trabajo, como topógrafo en la mina Cercapuquio. A los dos meses, tuvo su primer accidente. Fue un día en que el superintendente de la compañía lo llevó a la mina. “De un momento a otro la camioneta donde íbamos se salió de la carretera y caímos a un abismo de 50 metros de altura”, recuerda. Felizmente, “no tuve heridas graves, sólo me disloqué la muñeca izquierda y el tobillo derecho. A pesar de ello subí a gatas el empinado cerro por ayuda, ya que mis compañeros estaban heridos. Para suerte mía, justo cruzaba un camión de carga que se dirigía a la mina y nos ayudó. A los 30 días exactos de trabajo terminé en una clínica para mi rehabilitación”, apunta. Pese a esta experiencia, trabajó ocho años y medio para Cercapuquio y desempeñó diversos cargos. Gracias a su empeño descubrió que esta veta era un yacimiento de origen singenético. “Al comentarle a mis superiores mi descubrimiento, no me hicieron caso y siguieron explotando la mina”. Lo que no frenó su impulso por seguir investigando y sobre todo defender su técnica hasta que renunció a esta compañía. Don César tiene seis hijos, los primeros cinco de su primer matrimonio, y el último, un joven, hoy en edad universitaria, es fruto de su segundo matrimonio, con Pilar Landaburu. A pesar de que constantemente llevó a sus hijos a la mina, y como él mismo dice “al mayor desde que estuvo en el vientre”, ninguno ha seguido sus pasos. En cuanto a los nietos, comenta que para su beneplácito, Dios lo ha bendecido “con seis hermosas nietas”. Al poco tiempo que dejó de trabajar para Cercapuquio, una compañía americana que abría sus operaciones en Cuba lo convocó para unirse al proyecto. Sin embargo, la llamada “revolución cubana” frenó su viaje a la isla.
No pasaría mucho tiempo hasta que la vida le diera su gran oportunidad, al ser requerido por la Compañía Minera San Ignacio de Morococha, en donde asumió la subgerencia de su unidad. “Al cabo de 10 años de ardua labor, me dieron la oportunidad de convertirme en empresario minero al entregarme la unidad de San Ignacio en Morococha para seguir desarrollándola”. Su compromiso con esta empresa duró 30 años. Gracias a su talento y amor por la profesión, en 1971 fue presidente del capítulo de Ingeniero de Minas del Colegio de Ingenieros de Minas y en 1975 presidente del Instituto de Ingenieros de Minas. Fueron épocas difíciles, ya que tuvo que interceder entre el gremio de ingenieros y los sindicatos con el objetivo de buscar el término de las hostilidades entre ambos bandos. “Como conocía al entonces ministro de Energía y Minas, Fernández Maldonado, fui a hablar con él en defensa del gremio. Fue entonces que me di cuenta que el ministro me tenía un cariño especial, pues por lo general no recibía a ejecutivos mineros, pero conmigo hizo una excepción”. En 1976 se convirtió en el presidente de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE). “Llegué de la mano del ingeniero Alfonso Ballón, presidente del directorio en esa época. Primero me nombró su director alterno. Cuando él no podía asistir, yo lo representaba y así me hice conocido, hasta que fui elegido presidente”. Como titular del gremio, promovió una campaña para el resurgimiento de la minería aurífera en el Perú. A la vez, dada su amistad con representantes del gobierno militar, promovió el entendimiento entre las autoridades gubernamentales y el sector minero, “gracias a la cual tuvimos buenas relaciones”. Asimismo, recuerda, gracias a un gran esfuerzo y apoyado por los asociados, logramos reducir el llamado impuesto ciego del 19% al 15%. Hoy sigue colaborando en la labor del Instituto de Ingeniero de Minas del Perú y de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía, pese a haber perdido la vista, “yo soy el mismo ingeniero de minas de siempre, la única diferencia con mis colegas, es que a mi se me ha acabado el carburo”, aclara entre risas. |
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