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PANORAMA MINERO
EL ESTADO Y LOS CONFLICTOS
EN LA MINERÍA
Alberto Delgado Venegas
Miranda & Amado Abogados
Imagínese que le propusieran un negocio que le rinda,
a fin de cada año, un 30% de las utilidades obtenidas sin poner
un centavo, ¿lo aceptaría? Su respuesta seguramente sería
afirmativa. Y es que económicamente hablando, en todo proyecto,
el Estado es un socio para los inversionistas, uno que no aporta capital,
no dirige la empresa y -sin grandes esfuerzos, sobre todo en nuestro
país- recibe buena parte del rendimiento del negocio. Lo percibe
vía impuestos, aunque también por medio de alguna otra
contraprestación, como las regalías contractualmente pactadas.
Si revisamos el flujo de caja de un proyecto cualquiera, veremos que
hay varios rubros bajo los cuales se contabiliza el dinero que "fluye"
hacia el Estado. Siendo esto así, ¿el Estado piensa, actúa
y se comporta como un socio del inversionista? La respuesta también
"fluye" por sí sola. Un caso considerado exitoso es
el recientemente transferido proyecto "Las Bambas", que se
identifica como otra potencial mina de clase mundial, comparable con
Antamina. El Estado, a través de ProInversión, negoció
con las comunidades involucradas mecanismos que permitirán su
participación en los beneficios del proyecto. Así, se
ha constituido un fideicomiso que canalizará el denominado "aporte
social" del inversionista a favor de las comunidades. Si bien este
mecanismo deberá pasar varios exámenes en el futuro, nos
parece que el esquema puede ser un buen modelo
inicial para facilitar un acercamiento entre el inversionista y la población.
Sin embargo, a pesar de este esfuerzo, todavía se oyen voces,
como la de la Confederación Nacional de Comunidades Campesinas
Afectadas por la Minería (Conacami), cuyos miembros se oponen
al desarrollo de Las Bambas alegando que no se ha consultado apropiadamente
a las más de 16 comunidades que se ubican dentro del área
de las concesiones, poniéndose en riesgo su modo de vida (comunicado
del 31 de agosto del 2004). Queda entonces la pregunta, ¿será
suficiente lo que hizo el Estado en el caso Las Bambas?
Veamos ahora lo sucedido en el Cerro Quilish. El inversionista se ha
visto en la obligación de dejar de lado el proyecto. ¿Cuál
fue el papel del Estado en este caso? Básicamente, y a riesgo
de generalizar, actuó como un "bombero". Ante el problema
generado, el Ministerio de Energía y Minas, desbordado por la
coyuntura social y en una decisión sin precedentes, decidió
"dejar sin efecto la parte resolutiva" de la resolución
que aprobó la evaluación ambiental que permitía
la exploración en el Cerro Quilish. Nos cuesta entender cómo
tal decisión calza con la seguridad jurídica que el Estado
debe brindar a los inversionistas. ¿Es así como debería
actuar un socio?
Estas experiencias y otras anteriores -Tambogrande, por ejemplo- demuestran
la importancia que las empresas mineras deben dar a sus programas de
comunicación dentro de las buenas prácticas de gobierno
corporativo. Es imprescindible identificar, con la mayor anticipación
posible, las expectativas sociales y desarrollar una política
específicamente adaptada a las mismas, que permita manejarlas
dentro de las posibilidades del proyecto y sin caer en asistencialismo.
Es indispensable comunicar qué se quiere hacer y cómo
se va a hacer, de la manera más transparente posible. Por ello,
las empresas mineras destinan (y deben destinar) una parte importante
del flujo del proyecto a la inversión en relaciones comunitarias
y el manejo de expectativas sociales.
Rol del Estado
El Estado puede asumir un nuevo rol para prevenir los conflictos en
la minería que lo hagan comportarse como un verdadero socio,
más aún tomando en cuenta que la mayoría de proyectos
mineros se desarrollan en lugares remotos donde el Estado no tiene presencia
y en los que tanto la
empresa como la comunidad están solas.
Como es sabido, para realizar actividades mineras no basta con tener
la concesión, es necesario contar con derechos sobre el terreno
superficial, y eso pasa por llegar a un acuerdo con el propietario del
mismo. Si tomamos en cuenta que la empresa tiene una visión empresarial
distinta a la percepción -por lo general, negativa a priori-
que tienen las comunidades campesinas sobre la
minería, un papel deseable en estas circunstancias es que el
Estado se convierta en el medio para
acercar a estas dos posiciones inicialmente antagónicas.
Cuando nos referirnos al Estado como un socio no proponemos que tome
partido por la empresa, tampoco que se parcialice con las comunidades.
El Estado debe mantener la objetividad e imparcialidad que corresponde
a toda autoridad. No debe ser visto como un vocero de la empresa, sino
como un socio de la comunidad y de la empresa. El Estado debe colaborar
con el inversionista y con la comunidad; debe ser un mediador, un punto
intermedio que propicie el acercamiento y la comunicación entre
las partes.
El saneamiento social
El Estado debe asumir un papel proactivo y preventivo en beneficio de
todos. Para cumplir mejor este nuevo rol, el Estado podría -previamente
a los procesos de promoción de la inversión privada- adoptar
una política que podríamos llamar de "saneamiento
social". ¿En qué consiste? Proponemos que, selectivamente,
en aquellas áreas identificadas como atractivas para la inversión,
el Estado implante programas que, tomando en consideración la
realidad de cada zona, formalicen con la debida anticipación
a las comunidades allí comprendidas: que les otorgue personería
jurídica, empadrone a sus miembros, delimite sus tierras y les
facilite títulos de propiedad debidamente inscritos en los registros
públicos.
De esta forma, el inversionista tendrá interlocutores válidos
para negociar, conocerá la extensión de sus tierras y
podrá celebrar contratos en términos mutuamente satisfactorios.
Este trabajo, que corresponde al Estado en virtud de una serie de normas
declarativas cuyos objetivos difícilmente se
cumplen, viene siendo asumido por las empresas, pero en un contexto
en que se puede haber generado desinformación e incluso serios
conflictos sociales.
En otras palabras, sin perjuicio de mecanismos como los contemplados
para Las Bambas, que pueden resultar exitosos, el Estado podría
asumir un rol promotor más activo despejando obstáculos
sociales y legales, y generando un mejor ambiente inicial y previo para
los proyectos mineros. Esta política resultaría aplicable
a los proyectos que hoy están en la cartera del Estado, pero
también progresivamente a zonas con reconocido potencial minero.
Si volvemos a pensar en el negocio imaginario al que nos referimos al
inicio, ¿no haría usted sus mejores esfuerzos para que
el dinero, que no invirtió, le siga dando ese rendimiento en
el tiempo?
¿No trataría de generar más de esos negocios en
el futuro? El saneamiento social en el marco de un rol promotor puede
ser una alternativa.
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