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Semblanza
Oscar González Rocha:
''Venir al Perú es un reto,
hay tantas cosas por hacer aquí''
Su esposa e hijos aseguran que si no hubiera
sido ingeniero civil, don Oscar González Rocha habría
sido un buen abogado. Él opina lo mismo, pues a pesar de que
siempre se inclinó por la ingeniería, es de los que defienden
lo que creen con todas sus fuerzas, pero con el sentido común
por delante.
Si
bien las buenas calificaciones en los cursos de letras no le eran esquivas,
a don Oscar siempre le gustaron los números, pero aquellos que
hacen posible la construcción de cosas. "De no ser ingeniero,
a lo mejor hubiera estudiado leyes, pero siempre me gustó más
las ciencias exactas; los números me gustaban, aunque no tanto
como para ser contador público; quería una carrera dinámica",
recuerda el hoy presidente de Southern Peru Copper Corporation, mexicano
de nacimiento pero comprometido con el desarrollo del Perú.
Y no podía ser de otra manera, viene de una familia con tradición
en las ingenierías. Su padre, con 94 años de edad, es
un connotado ingeniero civil mexicano cuya vida profesional la dedicó
a la construcción de grandes proyectos hidroeléctricos;
trayectoria que hoy es reconocida por sus colegas quienes están
por entregarle un reconocimiento a la labor realizada.
Casi sin sentir, don Oscar ya lleva 43 años en el mundo de la
ingeniería. Fue hacia 1961 cuando dejó las aulas de la
Universidad Autónoma de México e inició su práctica
profesional. Su primera experiencia laboral lo llevó a la construcción
de grandes represas en México, su país natal; así
como en Estados Unidos.
Sus primeros años en la profesión los pasó en Chiapas
(México), luego fue contratado por un grupo empresarial y se
trasladó a la frontera entre Texas (Estados Unidos) y Coahuila
(México), en donde trabajó un proyecto hidráulico
binacional. Su relación con el Grupo México se inició
en 1970 y continúa hasta el día de hoy.
Así, la actividad minera tocó su puerta en 1976, cuando
fue enviado a la mina de cobre del Grupo México para que se encargara
de la construcción de una represa de relaves. A partir de entonces
su vida profesional no se desligó de esta actividad extractiva.
De sus primeras experiencias laborales tiene gratos recuerdos. Como
si fuera ayer, nunca olvidará que al terminar su luna de miel
decidieron con doña Ruth, su esposa, ir a la zona de Chiapas,
donde pronto iban a iniciar una vida en común. Era la primera
vez que ella visitaba el lugar. El campamento -cuenta don Oscar- estaba
aún en plena construcción, pero la curiosidad de la recién
casada por conocer cómo iba a ser su futuro hogar se impuso.
Así, mientras recorrían los alrededores don Oscar divisó
una choza típica de los indígenas del sur de México
y no pudo dejar de pasar la oportunidad para jugarle una broma a su
querida esposa. Así, muy sereno y como si la
decisión fuese inapelable se paró frente a la choza y
le dijo muy suelto de huesos y con la seriedad del caso que la casa
donde vivirían sería similar. Si bien no escuchó
ninguna queja de su joven esposa, ésta no pudo disimular la sorpresa
por la noticia, pero como toda mujer enamorada trató
de que la confusión pasara desapercibida. Vano intento, pues
don Oscar seguía de cerca sus cavilaciones y esperando alguna
reacción.
Así, sin decir más, siguieron caminando hacia la zona
central del campamento donde se encontraba realmente la casa en la que
vivirían los siguientes años. Frente a ella, don Oscar
no pudo más y le confesó el chascarrillo. "Era una
casa sencilla, pero mucho más cómoda que la choza que
le había dicho", recuerda tras anotar que la preocupación
de doña Ruth se fue de su rostro tan rápido como llegó.
Desde entonces, han caminando juntos 42 años, unos buenos y otros
mejores, con cinco hijos ya encaminados y una lista abierta de 10 nietos,
pues don Oscar aún tiene dos hijos solteros y espera que la tercera
generación de los González se siga incrementando. Extraña
a sus hijos y nietos, pero esta nostalgia es compensada con las visitas
que reciben y los viajes que junto a doña Ruth realiza a México.
"Por mis responsabilidades regresamos a México cada tres
meses y aprovechamos para visitarlos".
Aunque no le molesta, pues lo importante es que sean profesionales,
sólo el tercero de sus hijos ha seguido sus pasos en la ingeniería
civil; el mayor es contador público, la segunda ha estudiado
diseño arquitectónico, el cuarto es químico farmacobiólogo,
la quinta es licenciada en relaciones internacionales y, además,
es cheff; el último de sus hijos es médico. Está
más que orgulloso de cada uno de sus hijos, pero recuerda que
cuando eran niños, era él quien ponía energía
y mano dura para que tuvieran una buena educación y felizmente
todo salió como estaba previsto. "Mi esposa no es una blanca
paloma, pero yo era más enérgico con ellos", reconoce
al tiempo de aclarar que la vida le ha enseñado que hay que tener
cuidado con las mujeres "y más cuidado con mi esposa que
es una mujer de carácter y tenemos que portarnos bien",
asegura.
Y para muestra un botón. Si de vacaciones se trata, doña
Ruth ya tiene todo bien organizado. "Ahora que los hijos están
grandes, nunca me deja tomar mis 30 días al mismo tiempo, salimos
cuatro semanas que repartimos durante el año, una es para pasarla
con los hijos pero las otras tres es para nosotros solos", explica.
A pesar del apego con sus hijos, doña Ruth nunca ha dudado al
momento de seguirlo, y no es que tenga miedo de perderlo pues, los años,
asegura don Oscar, le han mostrado que la coquetería con el sexo
opuesto no es precisamente una de sus "cualidades". Eso sí,
reconoce que es un hombre distinto cuando tiene a sus nietos delante.
Los 10 son su adoración, pero confiesa que ahora la última,
con sólo nueve meses, es la niña de sus ojos.
En estas más de cuatro décadas, doña Ruth siempre
ha sido su compañera de aventura. Cuando le tocó decidir
si venía al Perú, ella no puso ningún reparo. Estaba
lista a seguirlo. "Está contenta de estar aquí conmigo,
pero sé que hay veces que quisiera estar en México".
Como todo buen latino, no le pone mala cara a las reuniones, por el
contrario, se confiesa fiestero como el que más. La música
popular es la de su agrado, pero en su discoteca no falta la música
clásica. También le gustan las rancheras, pero no las
canta porque reconoce que no es precisamente un eximio cantador. "Ni
cuando me baño", asegura. Pero como el amor nos da valor
de hacer cosas que normalmente no haríamos, don Oscar recuerda
que de novios le llevó serenata ranchera a su esposa, pero previsor
-y para que doña Ruth no se desanime del galán-se curó
en salud y llevó al mejor charro que encontró.
En 1999, don Oscar recibió la propuesta de venir al Perú
y ya tiene cinco años trabajando en estas tierras. "Venir
al Perú es todo un reto, hay tantas cosas por hacer", asegura,
pues no obstante que era un trabajo similar al que realizaba en México,
cuando se lo propusieron sabia que significaba dejar su país
para venir a asumir la conducción de una de las minas de cobre
más grandes del Perú. "Me escogieron porque ya conocía
de qué se trataba exactamente. Estoy muy contento de estar aquí.
Fue una buena decisión", afirma y añade que a pesar
del tiempo transcurrido desde que llegó a estas tierras, "nos
faltan cosas por hacer. Todavía no es tiempo de regresar".
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