Revista Desde Adentro

Edición Num 15
Noviembre 2004

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Semblanza
Oscar González Rocha:
''Venir al Perú es un reto,
hay tantas cosas por hacer aquí''

Su esposa e hijos aseguran que si no hubiera sido ingeniero civil, don Oscar González Rocha habría sido un buen abogado. Él opina lo mismo, pues a pesar de que siempre se inclinó por la ingeniería, es de los que defienden lo que creen con todas sus fuerzas, pero con el sentido común por delante.

Si bien las buenas calificaciones en los cursos de letras no le eran esquivas, a don Oscar siempre le gustaron los números, pero aquellos que hacen posible la construcción de cosas. "De no ser ingeniero, a lo mejor hubiera estudiado leyes, pero siempre me gustó más las ciencias exactas; los números me gustaban, aunque no tanto como para ser contador público; quería una carrera dinámica", recuerda el hoy presidente de Southern Peru Copper Corporation, mexicano de nacimiento pero comprometido con el desarrollo del Perú.

Y no podía ser de otra manera, viene de una familia con tradición en las ingenierías. Su padre, con 94 años de edad, es un connotado ingeniero civil mexicano cuya vida profesional la dedicó a la construcción de grandes proyectos hidroeléctricos; trayectoria que hoy es reconocida por sus colegas quienes están por entregarle un reconocimiento a la labor realizada.

Casi sin sentir, don Oscar ya lleva 43 años en el mundo de la ingeniería. Fue hacia 1961 cuando dejó las aulas de la Universidad Autónoma de México e inició su práctica profesional. Su primera experiencia laboral lo llevó a la construcción de grandes represas en México, su país natal; así como en Estados Unidos.

Sus primeros años en la profesión los pasó en Chiapas (México), luego fue contratado por un grupo empresarial y se trasladó a la frontera entre Texas (Estados Unidos) y Coahuila (México), en donde trabajó un proyecto hidráulico binacional. Su relación con el Grupo México se inició en 1970 y continúa hasta el día de hoy.

Así, la actividad minera tocó su puerta en 1976, cuando fue enviado a la mina de cobre del Grupo México para que se encargara de la construcción de una represa de relaves. A partir de entonces su vida profesional no se desligó de esta actividad extractiva.

De sus primeras experiencias laborales tiene gratos recuerdos. Como si fuera ayer, nunca olvidará que al terminar su luna de miel decidieron con doña Ruth, su esposa, ir a la zona de Chiapas, donde pronto iban a iniciar una vida en común. Era la primera vez que ella visitaba el lugar. El campamento -cuenta don Oscar- estaba aún en plena construcción, pero la curiosidad de la recién casada por conocer cómo iba a ser su futuro hogar se impuso. Así, mientras recorrían los alrededores don Oscar divisó una choza típica de los indígenas del sur de México y no pudo dejar de pasar la oportunidad para jugarle una broma a su querida esposa. Así, muy sereno y como si la
decisión fuese inapelable se paró frente a la choza y le dijo muy suelto de huesos y con la seriedad del caso que la casa donde vivirían sería similar. Si bien no escuchó ninguna queja de su joven esposa, ésta no pudo disimular la sorpresa por la noticia, pero como toda mujer enamorada trató
de que la confusión pasara desapercibida. Vano intento, pues don Oscar seguía de cerca sus cavilaciones y esperando alguna reacción.

Así, sin decir más, siguieron caminando hacia la zona central del campamento donde se encontraba realmente la casa en la que vivirían los siguientes años. Frente a ella, don Oscar no pudo más y le confesó el chascarrillo. "Era una casa sencilla, pero mucho más cómoda que la choza que le había dicho", recuerda tras anotar que la preocupación de doña Ruth se fue de su rostro tan rápido como llegó.

Desde entonces, han caminando juntos 42 años, unos buenos y otros mejores, con cinco hijos ya encaminados y una lista abierta de 10 nietos, pues don Oscar aún tiene dos hijos solteros y espera que la tercera generación de los González se siga incrementando. Extraña a sus hijos y nietos, pero esta nostalgia es compensada con las visitas que reciben y los viajes que junto a doña Ruth realiza a México. "Por mis responsabilidades regresamos a México cada tres meses y aprovechamos para visitarlos".

Aunque no le molesta, pues lo importante es que sean profesionales, sólo el tercero de sus hijos ha seguido sus pasos en la ingeniería civil; el mayor es contador público, la segunda ha estudiado diseño arquitectónico, el cuarto es químico farmacobiólogo, la quinta es licenciada en relaciones internacionales y, además, es cheff; el último de sus hijos es médico. Está más que orgulloso de cada uno de sus hijos, pero recuerda que cuando eran niños, era él quien ponía energía y mano dura para que tuvieran una buena educación y felizmente todo salió como estaba previsto. "Mi esposa no es una blanca paloma, pero yo era más enérgico con ellos", reconoce al tiempo de aclarar que la vida le ha enseñado que hay que tener cuidado con las mujeres "y más cuidado con mi esposa que es una mujer de carácter y tenemos que portarnos bien", asegura.

Y para muestra un botón. Si de vacaciones se trata, doña Ruth ya tiene todo bien organizado. "Ahora que los hijos están grandes, nunca me deja tomar mis 30 días al mismo tiempo, salimos cuatro semanas que repartimos durante el año, una es para pasarla con los hijos pero las otras tres es para nosotros solos", explica.

A pesar del apego con sus hijos, doña Ruth nunca ha dudado al momento de seguirlo, y no es que tenga miedo de perderlo pues, los años, asegura don Oscar, le han mostrado que la coquetería con el sexo opuesto no es precisamente una de sus "cualidades". Eso sí, reconoce que es un hombre distinto cuando tiene a sus nietos delante. Los 10 son su adoración, pero confiesa que ahora la última, con sólo nueve meses, es la niña de sus ojos.

En estas más de cuatro décadas, doña Ruth siempre ha sido su compañera de aventura. Cuando le tocó decidir si venía al Perú, ella no puso ningún reparo. Estaba lista a seguirlo. "Está contenta de estar aquí conmigo, pero sé que hay veces que quisiera estar en México".

Como todo buen latino, no le pone mala cara a las reuniones, por el contrario, se confiesa fiestero como el que más. La música popular es la de su agrado, pero en su discoteca no falta la música clásica. También le gustan las rancheras, pero no las canta porque reconoce que no es precisamente un eximio cantador. "Ni cuando me baño", asegura. Pero como el amor nos da valor de hacer cosas que normalmente no haríamos, don Oscar recuerda que de novios le llevó serenata ranchera a su esposa, pero previsor -y para que doña Ruth no se desanime del galán-se curó en salud y llevó al mejor charro que encontró.

En 1999, don Oscar recibió la propuesta de venir al Perú y ya tiene cinco años trabajando en estas tierras. "Venir al Perú es todo un reto, hay tantas cosas por hacer", asegura, pues no obstante que era un trabajo similar al que realizaba en México, cuando se lo propusieron sabia que significaba dejar su país para venir a asumir la conducción de una de las minas de cobre más grandes del Perú. "Me escogieron porque ya conocía de qué se trataba exactamente. Estoy muy contento de estar aquí. Fue una buena decisión", afirma y añade que a pesar del tiempo transcurrido desde que llegó a estas tierras, "nos faltan cosas por hacer. Todavía no es tiempo de regresar".