Revista Desde Adentro

Edición Num 10
Junio 2004

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Semblanza
Alberto Bruce:
Trabajó incansablemente por el Perú


Un hombre de pocas palabras, directo y transparente es como lo recuerdan quienes lo conocieron. Alberto Bruce, ingeniero petrolero de profesión, dedicó su vida a promocionar las inversiones en el Perú. A pesar de que ya no está con nosotros, se le recuerda como uno de los más fervientes propulsores de la explotación del gas de Camisea, que hoy, a casi 20 años de descubierta, es una realidad.

Don Alberto era un hombre con un sentido del humor muy especial, herencia certera de la sangre inglesa que corría por sus venas. Por ello, era frecuente escucharlo contar chistes, pero no era habitual encontrar quienes entendieran su "fino humor". Así, cuando esto sucedía, lo normal era que él estuviera más que risueño, mientras que sus interlocutores trataban de encontrar la gracia. Cosa que por cierto, no lo detenía para contar el siguiente chiste.

Si bien fue un hombre dedicado a su trabajo, su familia tuvo un lugar muy importante en su vida; estaba seguro de que ellos estarían siempre apoyándolo. A pesar de sus numerosas obligaciones, estuvo muy pendiente de sus hijos, para ellos era normal escuchar: "Haz tus tareas, no pierdas el tiempo; haz ejercicio, abrígate, come, no tosas". A pesar de que fue muy disciplinado con ellos, cuando llegó el momento de elegir profesión no les puso reparos; quizás algunos resquemores iniciales cuando Bárbara, su hija mayor, optó por estudiar geología, pero nada de qué preocuparse, pues pronto se acomodó a la decisión. Sus otros cuatro hijos optaron por carreras ajenas a la suya. Así, la segunda de sus hijas se inclinó por las leyes, la tercera es hoy una diseñadora de publicidad, la cuarta una profesora infantil y el quinto, su único hijo varón, acaba de graduarse en artes plásticas en EEUU. Lo cierto es que los dejó ser lo que quisieran, pero desde el inicio aclaró que al margen de la elección que tomaran tenían que apuntar a ser los mejores. Directo como siempre, advirtió que él no estaba para aceptar mediocridades, ya que la vida le había enseñado que "no había gente mediocre, sino que no ponían interés en lo que hacían".

Con sus nietos fue un hombre distinto. La disciplina y rigidez que impuso en la educación de sus hijos fueron guardadas bajo siete llaves en el rincón más alejado de su hogar. La transformación se dio ni bien nació el primero. Los coscorrones, tan comunes para sus hijos, a la hora de estudiar -matemáticas, principalmente- fueron sustituidos por figuras y dibujitos, así como por una paciencia que hasta el propio Job hubiera envidiado. Siempre se dio tiempo para "chochear" con sus nietos, a quienes disfrutó a plenitud.

Ahora, si el objetivo era relajarse, la carpintería era su primera opción, aunque no todos estuvieran muy conformes. Y es que los fines de semana, religiosamente, se levantaba a las 5 de la mañana para ir directamente a su taller. A esa hora, era normal -no sólo para su familia sino principalmente para sus vecinos- despertar gracias al ruido de un serrucho, un martillo o incluso una sierra eléctrica que retumbaba en sus oídos. "Si no hubiera sido ingeniero, la carpintería habría sido su opción", aseguran quienes más lo conocían.

Otra afición que nunca dejó fue el tenis, a pesar de que desde joven fue de contextura gruesa. Por ello, cuando tenía tiempo no despreciaba una buena partida. El básquet también le llamó la atención, pero su estatura no lo ayudaba mucho. En cuanto a las mascotas, éstas nunca le quitaron el sueño, sólo aceptó la presencia canina, en su casa, a pedido expreso de sus hijas y luego de muchas súplicas y promesas.

Ahora, si de bailar se trataba, la vergüenza nunca fue un obstáculo, siempre fue el primero en lanzarse a la pista. No le hacia mala cara a ningún ritmo, aun cuando su oído musical no era muy agudo, pues como buen matemático casi había patentado los mismos pasos de baile para toda ocasión.

Eso sí, como buen peruano, la comida fue su debilidad. Un buen tacu tacu montado era el paraíso. Y si iba acompañado de un peruanísimo Pisco Sour, mucho mejor. Tema aparte fueron los dulces, a los que nunca pudo resistirse. Siempre fue de buen diente, por eso en su casa, quienes tuvieron el oído agudo y poco sueño, podían escuchar el tambor de las ollas cuando, pasada la medianoche, don Alberto realizaba una excursión a la cocina a prepararse "un bocadillo".
Aun cuando gustaba de las reuniones, prefería no desvelarse. Siempre fue una persona muy metódica. Así como se levantaba con el alba, también era usual (si no tenía una reunión) verlo en pijama a partir de las 7 de la noche. Sus amigos más cercanos lo llamaban "gringo" y es que su herencia inglesa predominó e hizo de él un anglosajón de ojos azules, pero con costumbres bien peruanas. En su casa, sobre todo de joven, le decían "Pato" por la forma como caminaba, pero su madre fue quien le rebautizó (para los más cercanos) como "Pelanche", vocablo norteño que hacía alusión a su no tan sedosa cabellera.

Cuando de trabajo se trataba, las directivas siempre eran claras y precisas. Si las cosas no marchaban bien, él no tenía problema alguno de llamar las cosas por su nombre. Decía las cosas de frente y sin anestesia. Quienes estuvieron a su lado lo recuerdan como un hombre sentado en un escritorio con un papel cuadriculado y un lápiz "haciendo números". Le encantaba hacer fórmulas, todas muy sencillas, ya que para él había sólo cuatro signos: suma, resta, multiplicación y división. Si con estos elementos no podía encontrar una solución, entonces, o no existía el problema o alguien no lo había planteado bien.

Y es que don Alberto aseguraba que eso de buscar complejidades en los problemas no iba con él, porque eso, concluía, "era darle excusas a terceros para no hacer bien las cosas". Por eso, para él sólo existían dos alternativas si alguien no terminaba su trabajo en sus horas de oficina: "O te estoy dando demasiado trabajo, o tú no estás preparado para él", les decía.

Así como era exigente también era humano, siempre que tenía la oportunidad de apoyar a alguien no lo dudaba. Era de los que creía que los jóvenes debían seguir desarrollándose para el futuro. Por ello, su relación con sus trabajadores fue totalmente horizontal. La puerta de su oficina siempre estuvo abierta para quien lo buscara.

Como profesional apostó por la inversión privada y por ello trabajó incansablemente para que llegara al Perú. Tanto es así que cuando se descubrió el gas en Camisea, fue uno de sus más fervientes defensores. Hoy cuando es prácticamente una realidad, don Alberto es considerado como el "arquitecto de Camisea". Este fue su gran sueño.

Inició su carrera en la International Petroleum Company, empresa norteamericana que operaba en Talara. Al ser ésta estatizada y convertida en Petroperú, don Alberto decidió colaborar en el proceso de estabilización de la nueva empresa estatal, ya que lo más importante era mantener la operación misma. Cuando la compañía empezó a ser ganada por la burocracia estatal, se retiró. Eso no iba con él, que estaba acostumbrado a las decisiones rápidas y sin consultas políticas. En los años siguientes, la falta de flexibilización para la inversión fue la regla, y él optó por irse al extranjero. Regresó en 1992, cuando se inició la apertura a la inversión privada, y asumió la administración de Petromar, empresa estatal que luego fue entregada al sector privado. Se encargó de adecuarla para que el cambio no perturbara la operación en sí. Luego asumió el reto de organizar Perupetro, empresa estatal creada para atraer inversiones privadas. Fue un puesto que le encajó bien. Se sintió cómodo y contento. Así, cuando las empresas no eran muy claras en sus ofertas y presentaciones, las llamaba y les decía: "¿Cómo es? El Perú no puede esperar a que tú pienses o juegues. Las cosas tienen que ser transparentes y directas".

Hace siete años su partida nos sorprendió. Don Alberto siempre apostó por el Perú, y una prueba de que no se equivocó es Camisea. A pesar de ser un hombre dedicado a su país con dedicación exclusiva, no se creyó indispensable. Por ello es que nunca se cansó de repetir: "Todos somos necesarios; nadie es irremplazable", frase que marcó el norte de su vida y en la que muchos deberían reflexionar hoy.
(PQ)